Remedio contra la melancolía II

Precisamente en Barcelona vivía un escritor de novelas no contenedoras del que, sin embargo, siempre me había encantado su prosa: había leído todos sus libros cuando ya me consideraba una mujer madura: cuando ya era tarde para mí para enamorarme de genios y artistas, me enamoré de sus libros, de sus frases llenas de diálogos románticos, sin pausas de adjetivos para respirar, ese ritmo frenético. De sus libros no me atraían las tramas sino que me interesaban porque siempre describían historias de desamor. Me encantaba la literatura que hacía, escribía novelas románticas ambientadas en Barcelona. Barcelona era una ciudad mágica y cosmopolita que nos seducía mucho desde el pueblito madrileño, con el Estadio Olímpico ya preparado por si acaso. Un día le mandé un mensaje de fan, total, no tenía nada que perder, que era breve pero intenso:  «Me encantan todos tus libros».

Había que saber vivir Madrid, tal vez fuera difícil hacerlo desde fuera. El Madrid ideal en el que no participaban los turistas estaba formado por cañas, cañas y más cañas; pinchos de tortilla en la bodega de Ardosa, el Sylkar, el Txirimiri, La Taberna Errante o la Taberna Pedraza. El de los modernos pseudo-intelectuales: cañas antes de ir a un concierto en la Sala Sol, que siempre empezaba tarde, donde no te podías quedar bailando sobre su suelo rojo bajo sus luces de neón ochenteras si no pagabas una segunda entrada así que te ibas a tomar copas a otro lado por la calle San Bernardo camino del sótano del Siroco en busca de electrónica y lo que surgiera. Bebías hasta que el dinero de todo el mundo se acababa, dormías y si todo iba bien, desayunabas con alguien a la hora de comer sin haberte duchado, paseabas por el Rastro, comías en un sitio bonito, visitabas la exposición de moda o tal vez echabas una siesta o dabas un paseo por el río Manzanares con su caudal de diez centímetros, ibas a los Renoir para ver una película en versión original subtitulada, cenabas con los amigos en el restaurante chino del subterráneo de los bajos de España, te ponías hasta las cejas de arroz frito, pollo con verduras, empanadillas, costillas de cerdo, menú contundente y a buen precio, para después ver con conciencia social el programa de La Sexta y el de misterio de Cuatro y echarse a dormir muy tarde, con un montón de sustancias ingeridas de forma inconsciente para crear un sueño terrorífico. Luego la gente normal ya hacía cualquier cosa que realmente no quería hacer para escapar de la rutina. Y por desgracia siempre llegaba el lunes, la semana: todas las mañanas, justo antes de coger en la nevera el tupper infecto que me hubiera preparado como había podido la noche anterior, me miraba al espejo y me decía a mí misma «Eres mi escritora favorita», que era un piropo que no me dedicaba nadie, ni siquiera mis adorados geranios y mira que intenté entrenarlos. Después lo repetía varias veces, con el mismo entusiasmo con el que Felicidad Blanc habla de su difunto en El Desencanto. A lo largo del día en la oficina, le robaba unos minutos al Excel para trabajar en lo que yo llamaba «La Traducción»: reescribir en castellano un parrafito de F. Scott Fitzgerald en inglés —cambiando el orden de las palabras, buscando sinónimos de breaking down: derrumbe, demolición— y después incorporaba las nuevas palabras que tales cambios me sugerían y se lo mandaba por e-mail a Enrique, que siempre me decía «qué bien escribes, Ainhoa, qué bien escribes, por favor» pero me lo decía a las dos de la mañana estando completamente borracho en el Tempo II, y es que nunca miraba su correo electrónico. A Enrique, merodeador urbano con el pelo rizado, le quedaban todavía muchos años de margen para quedarse calvo y dejar espacio para la bala que se acabaría incrustando en la sien cuando finalmente se convirtiera en una persona normal, habiendo abandonado la diletancia ambulatoria, dándose cuenta de todo. El golpe emocional que me había propinado Arturo, quien leía traducciones perfectas de Fitzgerald, me había dejado KO también físicamente, no sabía cómo encauzar mi historia y estuve dos o tres meses saliendo a beber todos los días, sin escribir o corregir una sola línea ni pasar el Pronto hasta que me encontré una tarde con Bárbara en la calle esta que llega hasta Tirso de Molina, ella iba con dos bolsas de la compra y yo con una cogorza del quince y me preguntó qué tal iba con mi novela, si finalmente se la había presentado a Arturo tal y como me había recomendado (era su editor, estaban trabajando juntos en su tercer libro) y como no quería que supiera que había quedado fatal ante el contacto que ella me había dado le contesté que «muy bien» y como había decidido reestructurar mi vida, dejar de mentir, y además quería escribir como Cesare Pavese el día antes de suicidarse pensé en apuntarme a un taller de «Técnicas Creativas para una Novela» y aprender así a estructurar mis ideas, crear expectativas y tensión dramática, que mis textos dejaran de ser tan difusos; conocer así a un montón de escritores con los que compartir mis inquietudes que no estuvieran tan zumbados como los consagrados o como aquel escritor barcelonés de novelas no contenedoras que había conquistado mi corazón con sus tropas napoleónicas pero como no tenía los 1.150€ que costaba ese curso en la Escuela de Escritores, decidí centrarme en las cosas que me importaban de verdad. Ahora, sólo tenía que saber qué era «eso que me importaba de verdad». Aun así, estaba escribiendo muchísimo más que el joven escritor de cuarenta años Javier Desdentado, que ya había cobrado por adelantado la mitad del anticipo de su siguiente novela: 25.000€, una vez restadas comisiones e impuestos y ya podía dedicarse a vivir como un novelista de éxito: escribiendo lo que quisiera. El escritor de novelas no contenedoras contestó mi correo con dos líneas, 43 palabras que me aprendí de memoria, y así se inició una larga conversación a través del correo electrónico en la que, en cambio, nunca se habló de literatura y muchísimo menos de dinero.

 

Remedio contra la melancolía

I was looking for a quiet place to die. Someone recommended Brooklyn. La condición necesaria para vivir en la ciudad fantasma pasa por ser piedra o persona extranjera de forma que nada te afecte ni te cautive, ser un fondo de inversión extranjero, del otro lado del Atlántico o más lejos, disponiendo así de muchos dólares para poder largarte cuando se pase la neblina. Algo parecido a lo que hacía, sin dramatismos, Bárbara, una joven escritora a la que le iba bien en la intemperie: tranquila y morena, rostro divertido, tal vez con unos kilos de más si atendemos a los cánones de las revistas femeninas que de vez en cuanto publican un artículo feminista en alguna esquinita como excusándose del resto. Bárbara iba siempre muy bien vestida, por dentro y por fuera: en los últimos cinco años, había publicado dos novelas no contenedoras de temática realista que habían tenido un éxito proporcional, adecuado: la segunda se había vendido más que la primera, ambas habían recibido el respaldo de la crítica y ya estaba escribiendo una tercera. No sé de qué iban sus libros, nunca los leí. Bárbara había heredado un apartamento en Brooklyn y dinero más que suficiente como para poder financiar con creces los trayectos entre la boca de metro de Tirso de Molina y el aeropuerto JFK. La clase business aterrizaba a la vez que la clase turista, pero eso no parecía importarle y pagaba tres veces más por el billete, porque podía. Escribir era su profesión, vivir tranquila, su pasatiempo favorito. No le gustaba hablar de literatura, ni siquiera era de las que llevaban siempre un libro en la mano, como hacían Arturo y el resto de personajes literarios de España. El novio de Bárbara era un actor de éxito relativo y la mayoría de sus amigos, músicos. Se movía por la ciudad en taxi, también para ir al gimnasio. Siempre que iba a Malasaña desde La Latina, le pedía al taxista que, por favor, siempre por favor, le dejara en la plaza del 2 de mayo y desde ahí echaba a andar con sus tacones de femme fatale. Practicaba mucho pilates y natación, los dos ejercicios perfectos para desarrollar la profesión literaria porque, para el periodismo, había que practicar mucho el alzamiento de jarra en barra, la ingestión de sustancias, la técnica de hacer frente a la resaca con pértiga, el mamoneo. Y aun así, podía no salir bien. Ambas eran carreras profesionales requerían muchos años de formación que rara vez empezaban en la facultad. Bárbara era de las pocas personas que se movían por Malasaña que eran de aquí, de Madrid, ciudad construida de la nada en apenas 200 años.

Hasta 1850 todavía se podían cazar liebres más arriba de la plaza de Cibeles y las gentes se desplazaban por el paseo de Recoletos en coche de bueyes. Ahora, los escasos turistas que llegan se mueven en autobús: salen de Aranjuez, quedándose decepcionados ante el palacete rodeado de hierbajos (¡El mal llamado en las guías de viajes Versalles español!) camino del El Escorial, pueblo lleno de restaurantes multicolores y hoteles lujosos donde se han multiplicado los turistas ante la silla de Felipe II y desde donde se divisa la cruz gigante de El Valle de los Caídos (esto escandaliza, sobre todo, a los alemanes) que casi ninguno de nosotros, habitantes provisionales de Madrid, se había atrevido a visitar jamás, ni siquiera para honrar a los que lo levantaron. Entrar cuesta 11€ salvo que vayas a la misa que honra al señor bajito y Visionario para quien se construyó ese sitio. Los turistas no quieren entrar, sólo se hacen la foto desde fuera, no quieren saber. En Alemania, el lugar exacto donde se suicidó Hitler es ahora un horrible aparcamiento público al aire libre, perfectamente abandonado y rodeado de edificios modernos donde se puede escuchar trap. con altavoces. El metro cuadrado en esa zona de Mitte vale muchísimo dinero pero ese descampado lo han dejado sin construir, a propósito. La diferencia es que allí, Hitler perdió la guerra pero me niego a admitirlo como una explicación. Los turistas se suben rápidamente en los autobuses para regresar a Madrid, paran unos minutos en el centro, caminan por el Madrid de los Austrias y la Puerta del Sol, compran agua y fruta y observan cómo vivimos los no madrileños. Los japoneses y coreanos siguen fotografiándolo todo con un iPad, también las diez mil banderas de España de la Cibeles, los madrileños salen borrosos en las fotos, caminando con prisa. Los autobuses turísticos siempre surcaban la ciudad vacíos. Los turistas caminan por las esquinas de Madrid que sus habitantes no quieren usar mientras les intentan vender faralaes, cerámicas Lladró, miniaturas del Quijote y Sancho Panza, tan horribles que ni el suelo querría tocarlas para romperlas; reproducciones a pequeña escala de la Puerta de Alcalá, la señora Cibeles, el Museo del Prado, el castillo de Manzanares El Real que sólo los guiris saben dónde está; unas Meninas de Velázquez un poco menos feas, figuras de plata de la Virgen del Rocío, yo qué sé, cualquier cosa barata con un corazón rojo y gordo estampado y en él la palabra Madrid impresa, imanes para la nevera con ilustraciones de la plaza de toros de Las Ventas, chocolates Valor, turrones de yema tostada, sobres de jamón Cinco Jotas, manteles en general, palos de selfi. A Chamberí no llegan los turistas. Como mucho, llegan montones de chinos que se bajan de un autobús y se meten en el restaurante chino de la esquina, el China King, que rima con el nombre del distrito. Al salir, les trasladan a la frutería que está debajo del balcón en el que malviven mis geranios, algunos se saltan la cadena de mando metiéndose en el supermercado para comprar botellas de agua, colapsando las colas de las cajas, y luego entran en la frutería donde compran manzanas, plátanos y mandarinas como si fueran joyas. Un día entré en esa frutería por curiosidad, quería saber qué tesoros ocultaban, y lo que vi me pareció terrible: tomates rama asquerosos a dos euros y medio el kilo, lechugas podridas a euro y medio. La única explicación que le veía era que estaba regentada por chinos. Los autobuses de línea también para siempre en las estaciones de servicio que regentan sus dueños. El Madrid que se intentaba vender (sin éxito) a los turistas a los que tanto les costaba llegar estaba formado por churros con chocolate para desayunar durante el gélido invierno, el Oso y el Madroño, los bocatas de calamares de la plaza Mayor para los días soleados; la milla de oro del barrio de Salamanca, los antros de Malasaña (para los más atrevidos), es decir, el Madrid underground de la reina Letizia: un vistazo a la parada de metro de Tribunal en viernes por la noche, subrayando que en los ochenta era una plaza llena de heroinómanos, ríete tú de la Zoologischer Garten de Berlín; una visita al Rastro en domingo y un paseo posterior por el parque del Retiro, con cuidado de que ningún árbol se te caiga encima y te mate. En Madrid no había orilla del mar por la que pasear, aunque teníamos el embalse de San Juan con kilómetros de playa al que no íbamos jamás, y podría suceder perfectamente que los visitantes, desconfiados y perezosos, no supieran entretenerse fuera de la Apple Store, sin fijarse si quiera en el cartel de Tío Pepe, legado histórico de los días en que la Puerta del Sol estaba llena de carteles publicitarios, que fueron prohibidos por las autoridades municipales. El cartel de esta marca de vinos de Jerez se consideró monumento nacional y ahí se quedó en lo alto del edificio, de ahí nadie consiguió moverlo, ni siquiera una sangrienta guerra, hasta que llegó Apple y compró el inmueble y decidió que lo mejor era cambiar de sitio las palabras “Tío Pepe. Sol de Andalucía embotellado. González Byass”. Podía suceder que los turistas no supieran encontrar las terrazas, las azoteas, el buen rollo, entradas en taquilla para el musical del Rey León, y pensaran que lo mejor que se podía hacer nada más despertarse en un hotel cercano a la plaza de Santa Ana donde se habían emborrachado en el hawaiano a base de cócteles afrutados de los que salía humo era largarse a las playas de Valencia o a Barcelona. El Mauna-Loa de la plaza de Santa Ana era un lugar exótico donde convivían periquitos y acuarios de peces, y podías bebértelo todo con un collar de flores de plástico. Ese tipo de bares no eran normales en Madrid, que no estaba tan preparada para agradar al turista como la Barcelona post-olímpica.

Ataque fulgurante con todo

All this happened, more or lessMarzo: el invierno ya se estaba acabando, eran las 19:50 de un martes. Aunque los días cada vez eran más largos, en ese momento la gente normal ya estaba a punto de dejarse caer sobre el sofá, pasito a pasito cuesta abajo hacia el infierno de la televisión, con la batería agotada y una astenia primaveral galopante con la que se enfrentaban a las desventuras del día (que al final eran tres chorradas y un jefe hipócrita) a punto de cenar cualquier cosa que no fuera demasiado peligrosa para así mantener el colesterol a raya. Ahora sí, era el momento en el que las personas normales empezaban a disfrutar del par de horas de libertad condicional y las iban a dedicar a presenciar, sin analizar, los despojos de miseria humana que ofrecían Telecinco y los sucedáneos de sus competidores y es que cuando llevas una vida miserable lo que más te apetece ver en la tele es algo a la altura. Se acostarían tarde y al día siguiente se levantarían muertos, cagándose en la puta por lo poco y mal que habían dormido y es que no se puede dormir ocho horas en cuatro. Pues eso, ese martes de marzo llegué al bar donde habíamos quedado a las ocho, diez minutos antes que él, por supuesto, la cortesía demuestra elegancia aunque tengas intención de atacar. Yo había elegido ese bar de Antón Martín cerca del cine que trata de sobrevivir devorado por las chinches y abandonado por el público que ha sucumbido al Netflix y el desinterés, el Doré. La Filmoteca Española había tomado el testigo de la gloriosa Norma Desmond que se veía ahora sustituida por la telebasura hipster con la que distraerse, pero su director no hacía nada por remediarlo:  le daba igual: llevaba veinte años en el cargo y su secretaria colgaba a mediados de mes la programación mensual. Nadie protestaba. Arturo y yo habíamos quedado en ese bar de Tres Peces que hace esquina con Torrecilla del Leal que siempre me ha gustado mucho aunque tuviera ese nombre tan cutre, «El Aperitivo del corazón». En las paredes ya tenían las portadas del Charlie Hebdo antes de que se pusieran de moda por el primer #JeSuis y carteles anunciando que This is not the Plaza Mayor but we have relaxing café con leche como haciéndole un chiste a Ana Botella que no hace falta aclarar. Me pedí una caña de Mahou y me pusieron de tapa medio sándwich relleno de ensalada de cangrejo que devoré de un bocado a pesar de su aspecto de nido de salmonella. Tenía hambre, la taberna estaba vacía y oscura, la música sonaba bajito, como a mí me gusta, nada que ver con el bar Gaudí de Alonso Martínez, me senté en una de seis las mesas que estaban libres, encontré un ejemplar de la revista para socios del Rayo Vallecano que me puse a leer arrugando la nariz, que es lo que hacen las perritas agresivas para alertar de que morderán si es necesario, apretando los labios a la vez: fingía estar concentrada en la actualidad del Rayo como hace la gente normal pero en realidad estaba atenta a lo que pasara en la puerta del bar así que entonces detecté que Arturo estaba a punto de entrar, apurando un cigarro en la puerta. Me dio tiempo a transformar la mueca de odio en una agradable sonrisa mientras doblaba la revista, clausurándola, se acabó el fútbol, adiós Rayo Vallecano, cambié el chip para pensar en literatura, quería olvidar que en la última Asamblea de Podemos-Cultura se había dicho que el fútbol era cultura, Arturo pronunció a lo lejos la primera palabra cordial por excelencia, marcando las sílabas con los labios, «Ho-la» y después sonrió sin enseñar los dientes, se le marcaron los mofletes que escondía bajo esa barba recortada al uno. Esperó pacientemente a que el camarero terminara de fumar en la puerta del bar de Torrecilla del Leal que hace esquina con la calle Tres Peces, menudas cuestas tiene Antón Martín, por cierto, el dueño dejó que el cigarro de liar se apagara solo y entró directamente para tirarle una cerveza, aproveché que Arturo estaba distraído mirando el grifo de Mahou para devolver la revistilla del Rayo Vallecano al revistero improvisado sobre una silla (si íbamos a hablar de literatura, lo haríamos con elocuencia como en una Asamblea de Podemos) y luego se acercó a mi mesa, llevando la cerveza en la mano derecha, con seguridad y experiencia, sujetaba un libro con el brazo izquierdo en cabestrillo, no se veía qué libro era, eso que no lo llevaba forrado con papel de periódico como hace la gente normal cuando va en metro, se sentó, lo puso encima de la mesa y ya comprobé que se trataba de “Gatsby el Magnífico”, Arturo, que era perfecto hasta en la traducción de los libros que leía, completó la fórmula del saludo cordial con un «¿Qué tal?» que respondí con lo de «Muy bien, ¿Y tú?» que se obliga aunque no se sienta uno muy allá y ya en la tercera frase que me dedicó se olvidó del protocolario «Muy bien, gracias» y me confirmó en frío que no lo conseguiría, que mi novela no se publicaría jamás, cero intriga, la verdad. «Nunca llegarás a nada II», pensé. Me bebí de un trago lo que me quedaba de caña mientras él daba un tímido sorbo a la suya, estrenándola, y tras los dolorosos segundos iniciales, estuvo hora y media explicándome cómo debía estructurar mi novela, me enseñó las partes que le habían gustado, me señaló las partes que ya tal, «El argumento no se sostiene», aseguró Arturo mientras yo le hacía el corte de manga con la mano izquierda por debajo de la mesa. Me hizo críticas que interpreté como constructivas y algunos comentarios que me sentaron como una patada en el estómago y empecé a arañarme las rodillas y los muslos con fuerza, usando las dos manos, mis uñas pintadas de rojo se habían convertido en las garras de una perrita enfadada pero intenté neutralizar el dolor consumiendo alcohol, como hace la gente normal; me pedí otra caña para que no se notara que estaba incómoda, llena de rabia y a punto de estallar de ira y que quería largarme de allí cuanto antes. Arturo había tachado la última página del borrador de mi novela, de la que más satisfecha me sentía por cierto, e incluso se atrevió a hundir un poco más su puñal añadiendo que «Te veo descentrada» pero reaccioné no sé cómo, pues además de la ira ahora tenía que aplacar las lágrimas, asegurando que andaba haciendo mil cosas a la vez, mil o diez mil, no lo sé, Madrid consume siete vidas aunque sólo tengas derecho a morir una vez, me sujetaba las rodillas con las manos, no consideraba apropiado concentrar mis energías en escribir una novela porque lo que tenía que hacer era centrarme en el trabajo de oficina que me pagaba las facturas y financiaba los vicios escasos (las cervezas, el Spotify, el cine y la cocaína) en mantener la forma de hogar unifamiliar que le había dado a mi piso destartalado de Chamberí, divertirme con mis amigos, entretener a mis enemigos, sobrevivir más o menos a gusto y, luego, ya escribir la puta novela, «… en ese orden», añadí. Además, los dos libros que yo tenía que escribir ya los había escrito Francisco Umbral: eran Travesía de Madrid y La noche que llegué al Café Gijón. No es que a mí se me estuvieran ocurriendo cosas parecidas, es que esos eran mis libros y él los cogió antes. Esto ya no se lo expliqué, pero creo que en el fondo sí que estaba centrada porque mi principal objetivo en la vida seguía siendo escribir un libro que terminara con la palabra «torreznos», así en plural, aunque el muy cabrón de Arturo hubiera destrozado la mayor ilusión de mi existencia tachando la última página de mi borrador, en el fondo no pasa nada, sobreviviré, como siempre, aunque me limitaré a cerrarla a lo Denis Cooper, afirmando al final I told myself I was glad to be drunk. Enlacé mis diez dedos por debajo de la mesa, formando un acordeón, me acaricié los nudillos. Sí, tal vez descentrada porque centro el objetivo en muchas cosas a la vez pero no creo que la dispersión sea algo negativo pues haciendo tantas cosas a la vez, si un par salen mal, apenas me doy cuenta de las bajas. El ejército es enorme, ni siquiera sé si eso que he formado con las manos se trata de un acordeón. Sorbito a sorbito, Arturo se iba bebiendo mi sangre y su cerveza, pedimos otras dos cañas señalándole los vasos vacíos al dueño del bar que, de nuevo, fumaba en la puerta pero mirándonos de reojo continuamente, como un buen camarero que está a lo que está y no a pagarse las clases de arte dramático o de diseño gráfico. Esta vez nos trajo de tapa unos trozos de tomate aliñados con cariño y buen gusto, que sí tenían buena pinta. «Tomate, qué asco» sentenció Arturo el vampiro que por lo visto estaba lanzando un ataque fulgurante con todo, y yo me comí todos los trozos en dos minutos para que dejara de sentirse incómodo, pues con que uno de los dos saliera del bar con los nervios destrozados era más que suficiente. Arturo se llamaba como Barea, como Bandini, como Belano: era editor, tenía cuarenta años, la barba recortada y una mujer embarazada, cuando terminó de lincharme, él solito, me contó que estaba muy contento porque acababa de empezar a escribir en el suplemento de no sé qué periódico «La primera vez que me pagan por una columna», añadió orgulloso, y además el año siguiente publicaría un libro de relatos que tenía escritos desde hacía cinco años, los habrá repasado bien, supongo. «Puedes escribir un cuento y, si te parece malo, tirarlo porque no pasa nada, sólo habrás perdido una semana de trabajo como mucho. Pero no puedes escribir una novela como hice yo este año y después tirarla, porque es como mandar a la mierda meses y meses de trabajo». Quise haberle dicho, pero no lo hice. Cabeza alta, pecho erguido, ilusión inalterada, ningún trastorno añadido, seguimos para bingo. Decidí que reescribiría la novela, con muchísima calma, claro. Como en mi casa no me concentraba, probablemente lo haría en el VIPS de Quevedo, templo de la inspiración, pero insertaría comillas francesas todo el rato para darle más glamour. Le dedicaría un año más, sin prisa pero sin pausa, sabía que necesitaría el doble del tiempo que había calculado, lloraría mucho, renunciaría a muchas cosas pero el libro quedaría tan bien, sería tan importante para la sociedad que todos los disgustos y sufrimientos habrían merecido la pena, como suponía que le había pasado a Ben Lerner a la hora de escribir el libro que estaba leyendo esos días del comienzo de la primavera, 10:04, la hora del rayo. Ese mismo martes, de hecho, iba leyéndolo tan dormida y resacosa en el tren de cercanías que cogía todas las mañanas en Nuevos Ministerios camino de la oficina que no sabía si el protagonista estaba en un hospital para operarse de las muelas del juicio o a punto de hacerse una paja con único objetivo de convertirse en el padre del hijo de su mejor amiga, quien le había pedido su semen para fecundarse a la vez que le decía «pero sería raro que nos acostáramos juntos». Editor, cuarenta años y una mujer embarazada, mencionó el título de un libro publicado en los 90 que, según él, tenía que reescribir si quería llegar a algo y me explicó la diferencia  entre las novelas con trama (o algo así) y las contenedoras. No sabía qué era lo contrario de contenedora pero no me interesaba lo más mínimo, quería que mi novela contuviera todas las emociones, que terminara con la palabra «Torrezno» pero en plural. Las novelas que siempre me han gustado son contenedoras, llenas de sentimientos, Mortal y rosa, Volverás a región, Oficio de tinieblas 5, libros llenos de adjetivos que apenas requieren de un párrafo para resumir su trama pero necesitan doscientas páginas para mostrar cómo cantan las cosas que realmente pasan. Bueno, Arturo dijo muy serio que a mi novela le faltaban frases baratas del tipo «Llegué al bar donde habíamos quedado» y que los personajes estaban perfilados a machetazos, sobre todo las flappers modernas que estaban acabando la E.S.O. en el momento álgido de la burbuja inmobiliaria, las que tenían infinita fe al principio y acabaron derrumbadas en la Jiménez Díaz pero que, en general, la parte del Sputnik le había parecido la hostia aunque en ningún momento hubiera explicado cómo era el bar: si era un sótano, si servían tercios de Estrella Galicia, si todavía hacían conciertos. En realidad, no había descrito nada en la novela, no había escrito nada, me había limitado a tomar notas y ahora tenía previsto desarrollarlas en el VIPS de Quevedo. Todos deberíamos tener un propósito en la vida, no sólo aspirar a terminar un libro con una determinada palabra (en plural) sino a saber disfrutar con los comienzos. También, saber quiénes somos realmente, qué hacemos y para quién lo hacemos. En la tercera pregunta ya patino y me desnuco contra el bordillo de la calle Tres Peces porque creo que debemos hacer las cosas para nosotros mismos; puede sonar egoísta y egocéntrico pero es que tiene que ser así, yo no puedo hacer cosas para alguien, sea quien sea, porque probablemente no me gustarán a mí después. Y si uno no cree en lo que hace, ¿quién lo hará? Cuando terminamos, Arturo me acompañó a la boca del metro que está al lado de la estatua de los abogados de Atocha y un tipo se acercó para avisarme de que iba arrastrando los auriculares «Muchas gracias» respondí con una sonrisa que conservé hasta después de darle los dos besos de rigor al despedirme; luego, ya me metí en el metro de Antón Martín, línea 1 como en la canción de los Planetas, Sol, Gran Vía, Tribunal y al llegar a Ríos Rosas me bajé, enfilé hacia mi casa de Ponzano y caminé cien metros detrás de una chica que llevaba una sudadera negra con un I’M NOT SORRY impreso en mayúsculas blancas a la espalda; en la esquina de Santa Engracia con Bretón de los Herreros los camareros recogían las mesas y sillas de las terrazas de la primavera recién estrenada, giré a la derecha y llegué a mi casa. Todo va a salir bien, al final todo sale siempre bien, si mi novela sin descripciones fuera publicada por un tipo de cuarenta años que acaba de estrenarse como columnista y que tiene una mujer embarazada, creo que después ya no tendría ganas de escribir nada, eso que yo pienso que hay que estar siempre escribiendo, todo el rato. Empecé a escribir esta novela el verano pasado, mientras la abuela leonesa de Rafa alcanzaba su propósito en la vida, hace falta cierto aislamiento para escribir y en Madrid es difícil de lograr, pues ésta es una ciudad que te hace perder mucho el tiempo, como la de Jep Gambardella, quien ya decía en algún momento de La Grande Bellezza que la noche «Te desconcentra. Escribir requiere mucha concentración y tranquilidad» y el ritmo de vida madrileño no tiene horarios, si alguien te invita a quedar a la hora del café nunca sabes cuándo es, la ciudad retrasa permanentemente el acto de sentarse a escribir o de hacer lo que más te importe en la vida. Tres días después de ver a Arturo en el bar ese que hace esquina cerca de la Filmoteca, me tomé la molestia de pasarle el Pronto® al escritorio de mi habitación, toda una declaración de intenciones previas al fin de semana, que es el momento por excelencia de la concupiscencia madrileña, encima, el comienzo de la primavera, el VIPS de Quevedo estaría lleno y no podría ir a sentarme en una mesa familiar, colas de hasta 15 personas en el cajero del Santander de Fuencarral 79, imposible entrar en el bar Rocablanca en el portal de al lado, incluso abajo del todo —ya cruzada Gran Vía por ese paso de cebra tan ancho y necesario para el paso del rebaño— sigue la tierra superpoblada: el McDonald’s a reventar y los restaurantes de lujo ya con las reservas cubiertas, por suerte llegaría el lunes, soplaría el viento y volvería la lluvia pero se iría rápido y por favor que llegase ya el calor del verano, el mismo infierno de diciembre y enero pero justo al revés, que llegase con el látigo de siete colas para imponerme la disciplina que necesitaba para escribir, de una vez. A los veinte todos nos creemos artistas, a los veinticinco creamos cosas bonitas pero a los treinta ya surgen las dudas sobre si realmente estamos perdiendo el tiempo y es que las inquietudes vitales son difíciles de soportar a los cuarenta: la frustración se sustituye por el agotamiento, ahí es cuando deben llegar los hijos, como muy tarde, las necesidades tangibles, lo mejor que te puede pasar es que te unas al movimiento antirrevolucionario de la gente normal, vaya, lo que le está pasando a Arturo con su mujer embarazada. Bueno, al final abandoné Fuencarral, enfilé por la calle Montera para llegar a la Puerta del Sol donde un sinfín de personas de diversa procedencia y apariencia daban vueltas alrededor de una plazoleta custodiada por pinchos y se sacaban selfies y le hacían fotos de lejos, sin pagar, a unos señores disfrazados de los Minions que vivían de hacerse fotos con la gente. El kilómetro cero que marca el origen de todas las carreteras de España, el epicentro de la desgracia, está escondido y los turistas no lo encuentran jamás. Busqué un banco en el que sentarme para esperar a Enrique y Rafa, que venían el primero desde Malasaña y el otro desde Antón Martín, pero no encontré ninguno. Ni bares ni bancos, Madrid en viernes es imposible. Al final me lo pasé bien, no recuerdo muy bien qué hice, además de beber. Llegó el domingo por la noche y mi silla seguía llena de ropa sucia acumulada (el vestido de cuadros granates y azules, el blanco con lunares negros, el jersey marrón con las coderas negras) porque no me había sentado a escribir ni una línea decente pero estoy segura de que esto no es un final, se trata de un nuevo principio. O eso espero. Y ya que estoy volviendo a empezar, que tengo la intención de corregir los errores descriptivos, no estaría de más empezar a remediar las mentiras que fui soltando por ahí, por ejemplo, volver a quedar con Rafa en el bar de Alonso Martínez en el que servían con elegancia los camareros del chaleco verde, pajarita en el cuello y camisa sucísima y confesarle que los geranios de mi balcón de Chamberí llevan muertos desde que el calor se los llevó por delante el agosto pasado y que no revivieron jamás por culpa de las heladas del invierno. Sin embargo, parece que me sigo creyendo mis mentiras pues los sigo regando a las siete de la mañana con la misma ilusión que el primer día, cuando los compré por 4€ cada uno en la floristería de la calle Ponzano, esquina José Abascal, debajo del balcón de mi casa destartalada. Mis geranios son dulces, adoradores y perfectos, prestan atención a todo lo que les explico, todo les parece bien y eso me da fuerzas para seguir adelante. Tienen las hojas grandes y fragantes, de borde ondulado, las flores son de color rojo. Son los geranios más hermosos y fieles que he tenido nunca y en los diez meses que disfrutamos de noviazgo me hacen sentir muy amada, sin interferencias. Mis geranios son perfectos. Sin embargo, nuestra relación dista de serlo y supongo que al final acabaremos rompiendo, yo reconociendo el asesinato a sangre fría, pues me daría muchos celos que alguien me aconsejara sobre cómo cuidarlos y que los hijos de puta de mis geranios revivieran. Mejor dejarlo así: tal vez mentí a Rafa en ese bar de forma piadosa, dándole un truco para cuidar del espíritu de su abuela Gertrudis estando lejos de su tumba astorgana, seguramente alguien que visite el cementerio sepa cómo cuidarlos. Mis geranios siguen vivos cuando busco mi casa en el Street View de Google, si ya nadie distingue entre la vida real e internet, para qué voy a hacerlo yo, si así estoy feliz en Madrid, Mi Madrid, el fantasma de una ciudad inventada.

Miedo escénico imposible de superar

El viernes 15 de agosto de 2014, en León, una señora de 92 años se suicidó. Se llamaba Gertrudis y había sido una niña rebelde, campeona de hockey a los catorce pero su cuerpecito de mujer deportista acabó convertido en un absurdo saco de huesos. Las noches de verano en Castilla engañan porque son frías como las mañanas soleadas de invierno. Esta señora de ojos pequeños, entrecejo marcado por el mal humor que genera el paso del tiempo, cabello blanco y despeinado por la dejadez que supone la pérdida de entusiasmo fue una mujer libre e independiente durante toda su vida, era de las que enseñaban las rodillas por debajo de la falda; siempre hizo lo que quiso, respiró por donde no se podía, ya había intentado matarse la Nochevieja anterior pero su nieto la sorprendió a tiempo al volver a casa de forma inesperada a eso de las nueve y media de la noche para coger una botella de ginebra que se había dejado olvidada y, aprovechando la ocasión de encontrar el último beso femenino del año, se encontró a la madre de su madre, sangre de su sangre, acurrucada sobre la cama del matrimonio que ya había terminado felizmente para ella décadas atrás, encogida como una niña recién nacida. Gertrudis había decidido cerrar el ciclo de su vida a través del sueño: había ingerido un cóctel de clonazepam, valerianas y néctar especial merienda Don Simón estando completamente desnutrida, por lo visto llevaba meses sin comer caliente. Volviéndose a olvidar de la botella de Beefeater, el joven de traje, corbata y zapatos incómodos se la llevó al hospital en brazos, portándola con mimo como si fuera un bebé de cuarenta kilos. Tuvo que mirar en google maps dónde estaba ya que hacía años que no vivía en León y en esa ciudad no le funcionaba el Citymapper. Gertrudis pasó 36 horas sedada y 12 en observación, el 2 de enero por la tarde se despertó desorientada. Su nieto no se había separado de ella ni un segundo, ni siquiera durante las campanadas que distraen momentáneamente a los habitantes de España de sus preocupaciones con una Cristina Semidesnuda, inundándoles de buenos propósitos que les llenan de esperanza. El nieto de Gertrudis manchó la taza del WC todas las veces que meó, nerviosísimo, para no dejar de mirarla de reojo: no había dejado de llorar en los últimos dos días y tenía los ojos tan encharcados por la impotencia que ya no le dolían los zapatos, ni siquiera se dio cuenta de que su abuela ya no estaba dormida, aunque no hubiera dejado de observarla. Compungida y con un miedo escénico imposible de superar, Gertrudis le pidió ayuda mirándole a los ojos, pues le necesitaba a su lado: «¿Me sujetarás la mano la próxima vez?» preguntó con la voz entrecortada, como si necesitara que alguien retuviera su cuerpo para que pudiera ascender su alma, «¿Crees que tú puedes conseguir cianuro?» la escuchó decir. Su nieto, extrañado, se negó a ambas cosas, por supuesto. Bajo ningún concepto quería meterse en líos que tuviera que solucionar un juez con el Código Penal en la mano, dictando un castigo que le hiciera cambiar la libertad de Madrid por una cadena perpetua revisable, a recurrir por su abogado presentando un historial clínico lleno de altibajos emocionales. Su madre, sangre de su sangre, había muerto diez años antes así que era él el heredero de una viuda de 91 años que en realidad no tenía nada, ni siquiera deudas. Vivía en un piso de alquiler de renta antigua en el barrio Húmedo leonés, la única tarjeta que tenía a su nombre era la de El Corte Inglés y nunca le cogió el teléfono al comercial bancario que le llamaba una y otra vez para ofrecerle el mejor plan de inversiones de la historia que no se podía perder. Ahora, él heredaría todos sus bienes, fuera cuales fueran, los incorporaría a sus males, su abuela ni siquiera tenía un gato. No tenía primos pero sí un hermano que no recibiría nada porque así lo había establecido Gertrudis en su último testamento, redactado ante Notario a finales de 2013 y que tenía guardado debajo del hornillo de la mesa-camilla del salón, grapado a un informe médico que demostraba que tenía perfectamente amueblada la cabeza en ese momento aunque en lo único en lo que  pensaba Gertrudis realmente era en volársela con una escopeta de caza y ante esa última voluntad, es decir, la presentada ante notario, nadie podía decir nada. A medida que Gertrudis fue recobrando la consciencia, le fue creciendo la rabia ante la doble negativa de su nieto: «No sé cómo me puedes tratar así» gritó llena de ira con los ojos cerrados y él, resoplando, mirando hacia otro lado por primera vez en tres días, le reprochó que se hubiera tomado sus pastillas, «A ver cómo le explico yo a mi médico, ¡qué casualidad! ¡Nochevieja y yo me he fundido la receta de un mes que me acababa de dar!» En efecto, su terapeuta no le creería cuando le explicara, hecho un amasijo de nervios, que su abuela había utilizado todas sus benzodiazepinas para suicidarse. Ahora tendría que volver a pasar una semana en la Jiménez Díaz para que le cambiaran el tratamiento para su neurosis obsesiva. Gertrudis, enfadada por la negativa, se arrancó la sonda de alimentación con las dos manos, su nieto reaccionó pulsando rápidamente el botón de emergencia situado en el cabecero de la cama para llamar al enfermero que entró corriendo y, con arte circense, le puso rehidratación intravenosa, con una pizca de valium, fijada con mil vendas que Gertrudis no se pudiera despegar para deshacerse de nuevo el tubo que le llegaba hasta el estómago. Abuela y nieto pasaron minutos, horas, en silencio. Él miraba por la ventana, respiraba profundamente mordiéndose los nudillos, las luces de Navidad no creaban la atmósfera correcta para poder pensar con claridad. Gertrudis, completamente anestesiada, tenía los ojos clavados en el techo. Ninguno de los dos sabía qué pasaría a partir de ese momento. Horas después, cuando volvió a entrar el enfermero para cambiarle el suero, Gertrudis se hizo la desvalida pronunciando los obligados «ay, ay, ay» con la lamentación que exige una demostración de sufrimiento y que a su nieto le pareció bastante hollywoodiense; su abuela siempre le había parecido una heroína feminista de película de Mankiewicz. Se rascó la cabeza con desesperación y sus diez dedos, doloridos por los mordiscos que les había propinado para calmar su ansiedad, trató de respirar. Alzó el brazo derecho y comprobó que el sobaco le apestaba a sudor. Anunció que tenía que salir a tomar el aire, bajaría un segundo a la calle. Ya en el ascensor se encendió un cigarro y le gritó «¡Ya basta! ¡Me tenéis hasta la polla!» a la enfermera que trató de increparle; salió a la calle, empezó a andar, caminó hacia la Catedral, entró en el bar Belmondo, donde tenía previsto haber pasado la Nochevieja acompañado por una botella de ginebra –había hecho un trato con el dueño para que le permitiera beberse su propio Beefeater comprado en el Alimerka, ya que apenas tenía dinero–, el camarero delgado con pelo rizado, el dueño, le preguntó sorprendido al verle dos días más tarde de lo previsto «¿Qué tal vas, Rafa?», «Mal, me dejé la botella de ginebra en casa, ponme un Four Roses sin hielo». Se bebió dos vasos de bourbon de un trago y después salió del bar sin pagar, empezó a correr hasta el Hostal San Marcos, dejó de respirar, cruzó el río Bernesga por la pasarela donde asesinaron a sangre fría a la Presidenta de la Diputación y llegó a la estación de Ordoño II dispuesto a subirse en el primer Alvia o Alsa que saliera hacia Madrid, ciudad en la que malvivía y trabajaba con una falsa sensación de libertad. «Menudo año de mierda acaba de empezar, otra vez» pensó aunque verbalizó un «joder» remarcando y alargando la segunda sílaba, rascando la garganta. Una vez que el taquillero de Alsa le entregó el cambio y sin darle tiempo para felicitarle el año, se alejó de la taquilla, llamó a su hermano el desheredado para que se hiciera cargo de la situación en el hospital pero como estaba enfadado con él, tal y como sospechaba, no le cogió el teléfono. Le mandó un WhatsApp que terminaba con una carita triste pero cariñosa «A la abuela le ha pasado algo muy grave, ahora está bien. He estado con ella en el hospital dos días pero ahora tengo que volver a Madrid, que tengo que trabajar. Si puedes, ve a verla porque ahora está sola y me temo que suceda lo peor, te necesita» y le enseñó el billete al conductor para subirse al autobús pero como su hermano le tenía bloqueado, el mensaje no llegó así que se limitó a enviarle un sms, «Llama a la abuela» y apagó el móvil. Encendió el Kindle y se puso a leer un libro de Bertrand Russel en el autobús, La conquista de la felicidad, pero se quedó dormido antes de llegar al 2% y no le dio tiempo a leer que para este filósofo, todas las personas estaban en igualdad de condiciones a la hora de disfrutar de las cosas buenas de la vida. Tres horas después se despertó en la estación sur de Méndez Álvaro, cogió el metro haciendo el transbordo de Pacífico y retomó su actividad principal: disimular por Malasaña. No regresó a León hasta el caluroso 15 de agosto, horas después de que su abuela alcanzara su meta en la vida. La enterraron en el cementerio de Astorga, donde había nacido, muy cerca del panteón de la familia Panero y los crisantemos que le llevó su nieto ese día se quedaron secos demasiado pronto.

—Todo esto sucedió, más o menos—afirmó Rafa, sonriendo por no llorar, y le hizo un gesto al camarero del bar Gaudí que vestía, siempre, el mismo chaleco verde, pajarita y camisa sucísima, para que nos trajera la enésima ronda.—No sé si lo hice bien o mal, pero ya está hecho y no se puede cambiar nada.

—Podrías haber puesto unos geranios en la tumba —yo no sabía muy qué añadir—. Los geranios no se mueren nunca.