Miedo escénico imposible de superar

El viernes 15 de agosto de 2014, en León, una señora de 92 años se suicidó. Se llamaba Gertrudis y había sido una niña rebelde, campeona de hockey a los catorce pero su cuerpecito de mujer deportista acabó convertido en un absurdo saco de huesos. Las noches de verano en Castilla engañan porque son frías como las mañanas soleadas de invierno. Esta señora de ojos pequeños, entrecejo marcado por el mal humor que genera el paso del tiempo, cabello blanco y despeinado por la dejadez que supone la pérdida de entusiasmo fue una mujer libre e independiente durante toda su vida, era de las que enseñaban las rodillas por debajo de la falda; siempre hizo lo que quiso, respiró por donde no se podía, ya había intentado matarse la Nochevieja anterior pero su nieto la sorprendió a tiempo al volver a casa de forma inesperada a eso de las nueve y media de la noche para coger una botella de ginebra que se había dejado olvidada y, aprovechando la ocasión de encontrar el último beso femenino del año, se encontró a la madre de su madre, sangre de su sangre, acurrucada sobre la cama del matrimonio que ya había terminado felizmente para ella décadas atrás, encogida como una niña recién nacida. Gertrudis había decidido cerrar el ciclo de su vida a través del sueño: había ingerido un cóctel de clonazepam, valerianas y néctar especial merienda Don Simón estando completamente desnutrida, por lo visto llevaba meses sin comer caliente. Volviéndose a olvidar de la botella de Beefeater, el joven de traje, corbata y zapatos incómodos se la llevó al hospital en brazos, portándola con mimo como si fuera un bebé de cuarenta kilos. Tuvo que mirar en google maps dónde estaba ya que hacía años que no vivía en León y en esa ciudad no le funcionaba el Citymapper. Gertrudis pasó 36 horas sedada y 12 en observación, el 2 de enero por la tarde se despertó desorientada. Su nieto no se había separado de ella ni un segundo, ni siquiera durante las campanadas que distraen momentáneamente a los habitantes de España de sus preocupaciones con una Cristina Semidesnuda, inundándoles de buenos propósitos que les llenan de esperanza. El nieto de Gertrudis manchó la taza del WC todas las veces que meó, nerviosísimo, para no dejar de mirarla de reojo: no había dejado de llorar en los últimos dos días y tenía los ojos tan encharcados por la impotencia que ya no le dolían los zapatos, ni siquiera se dio cuenta de que su abuela ya no estaba dormida, aunque no hubiera dejado de observarla. Compungida y con un miedo escénico imposible de superar, Gertrudis le pidió ayuda mirándole a los ojos, pues le necesitaba a su lado: «¿Me sujetarás la mano la próxima vez?» preguntó con la voz entrecortada, como si necesitara que alguien retuviera su cuerpo para que pudiera ascender su alma, «¿Crees que tú puedes conseguir cianuro?» la escuchó decir. Su nieto, extrañado, se negó a ambas cosas, por supuesto. Bajo ningún concepto quería meterse en líos que tuviera que solucionar un juez con el Código Penal en la mano, dictando un castigo que le hiciera cambiar la libertad de Madrid por una cadena perpetua revisable, a recurrir por su abogado presentando un historial clínico lleno de altibajos emocionales. Su madre, sangre de su sangre, había muerto diez años antes así que era él el heredero de una viuda de 91 años que en realidad no tenía nada, ni siquiera deudas. Vivía en un piso de alquiler de renta antigua en el barrio Húmedo leonés, la única tarjeta que tenía a su nombre era la de El Corte Inglés y nunca le cogió el teléfono al comercial bancario que le llamaba una y otra vez para ofrecerle el mejor plan de inversiones de la historia que no se podía perder. Ahora, él heredaría todos sus bienes, fuera cuales fueran, los incorporaría a sus males, su abuela ni siquiera tenía un gato. No tenía primos pero sí un hermano que no recibiría nada porque así lo había establecido Gertrudis en su último testamento, redactado ante Notario a finales de 2013 y que tenía guardado debajo del hornillo de la mesa-camilla del salón, grapado a un informe médico que demostraba que tenía perfectamente amueblada la cabeza en ese momento aunque en lo único en lo que  pensaba Gertrudis realmente era en volársela con una escopeta de caza y ante esa última voluntad, es decir, la presentada ante notario, nadie podía decir nada. A medida que Gertrudis fue recobrando la consciencia, le fue creciendo la rabia ante la doble negativa de su nieto: «No sé cómo me puedes tratar así» gritó llena de ira con los ojos cerrados y él, resoplando, mirando hacia otro lado por primera vez en tres días, le reprochó que se hubiera tomado sus pastillas, «A ver cómo le explico yo a mi médico, ¡qué casualidad! ¡Nochevieja y yo me he fundido la receta de un mes que me acababa de dar!» En efecto, su terapeuta no le creería cuando le explicara, hecho un amasijo de nervios, que su abuela había utilizado todas sus benzodiazepinas para suicidarse. Ahora tendría que volver a pasar una semana en la Jiménez Díaz para que le cambiaran el tratamiento para su neurosis obsesiva. Gertrudis, enfadada por la negativa, se arrancó la sonda de alimentación con las dos manos, su nieto reaccionó pulsando rápidamente el botón de emergencia situado en el cabecero de la cama para llamar al enfermero que entró corriendo y, con arte circense, le puso rehidratación intravenosa, con una pizca de valium, fijada con mil vendas que Gertrudis no se pudiera despegar para deshacerse de nuevo el tubo que le llegaba hasta el estómago. Abuela y nieto pasaron minutos, horas, en silencio. Él miraba por la ventana, respiraba profundamente mordiéndose los nudillos, las luces de Navidad no creaban la atmósfera correcta para poder pensar con claridad. Gertrudis, completamente anestesiada, tenía los ojos clavados en el techo. Ninguno de los dos sabía qué pasaría a partir de ese momento. Horas después, cuando volvió a entrar el enfermero para cambiarle el suero, Gertrudis se hizo la desvalida pronunciando los obligados «ay, ay, ay» con la lamentación que exige una demostración de sufrimiento y que a su nieto le pareció bastante hollywoodiense; su abuela siempre le había parecido una heroína feminista de película de Mankiewicz. Se rascó la cabeza con desesperación y sus diez dedos, doloridos por los mordiscos que les había propinado para calmar su ansiedad, trató de respirar. Alzó el brazo derecho y comprobó que el sobaco le apestaba a sudor. Anunció que tenía que salir a tomar el aire, bajaría un segundo a la calle. Ya en el ascensor se encendió un cigarro y le gritó «¡Ya basta! ¡Me tenéis hasta la polla!» a la enfermera que trató de increparle; salió a la calle, empezó a andar, caminó hacia la Catedral, entró en el bar Belmondo, donde tenía previsto haber pasado la Nochevieja acompañado por una botella de ginebra –había hecho un trato con el dueño para que le permitiera beberse su propio Beefeater comprado en el Alimerka, ya que apenas tenía dinero–, el camarero delgado con pelo rizado, el dueño, le preguntó sorprendido al verle dos días más tarde de lo previsto «¿Qué tal vas, Rafa?», «Mal, me dejé la botella de ginebra en casa, ponme un Four Roses sin hielo». Se bebió dos vasos de bourbon de un trago y después salió del bar sin pagar, empezó a correr hasta el Hostal San Marcos, dejó de respirar, cruzó el río Bernesga por la pasarela donde asesinaron a sangre fría a la Presidenta de la Diputación y llegó a la estación de Ordoño II dispuesto a subirse en el primer Alvia o Alsa que saliera hacia Madrid, ciudad en la que malvivía y trabajaba con una falsa sensación de libertad. «Menudo año de mierda acaba de empezar, otra vez» pensó aunque verbalizó un «joder» remarcando y alargando la segunda sílaba, rascando la garganta. Una vez que el taquillero de Alsa le entregó el cambio y sin darle tiempo para felicitarle el año, se alejó de la taquilla, llamó a su hermano el desheredado para que se hiciera cargo de la situación en el hospital pero como estaba enfadado con él, tal y como sospechaba, no le cogió el teléfono. Le mandó un WhatsApp que terminaba con una carita triste pero cariñosa «A la abuela le ha pasado algo muy grave, ahora está bien. He estado con ella en el hospital dos días pero ahora tengo que volver a Madrid, que tengo que trabajar. Si puedes, ve a verla porque ahora está sola y me temo que suceda lo peor, te necesita» y le enseñó el billete al conductor para subirse al autobús pero como su hermano le tenía bloqueado, el mensaje no llegó así que se limitó a enviarle un sms, «Llama a la abuela» y apagó el móvil. Encendió el Kindle y se puso a leer un libro de Bertrand Russel en el autobús, La conquista de la felicidad, pero se quedó dormido antes de llegar al 2% y no le dio tiempo a leer que para este filósofo, todas las personas estaban en igualdad de condiciones a la hora de disfrutar de las cosas buenas de la vida. Tres horas después se despertó en la estación sur de Méndez Álvaro, cogió el metro haciendo el transbordo de Pacífico y retomó su actividad principal: disimular por Malasaña. No regresó a León hasta el caluroso 15 de agosto, horas después de que su abuela alcanzara su meta en la vida. La enterraron en el cementerio de Astorga, donde había nacido, muy cerca del panteón de la familia Panero y los crisantemos que le llevó su nieto ese día se quedaron secos demasiado pronto.

—Todo esto sucedió, más o menos—afirmó Rafa, sonriendo por no llorar, y le hizo un gesto al camarero del bar Gaudí que vestía, siempre, el mismo chaleco verde, pajarita y camisa sucísima, para que nos trajera la enésima ronda.—No sé si lo hice bien o mal, pero ya está hecho y no se puede cambiar nada.

—Podrías haber puesto unos geranios en la tumba —yo no sabía muy qué añadir—. Los geranios no se mueren nunca.

Anuncios