Ataque fulgurante con todo

All this happened, more or lessMarzo: el invierno ya se estaba acabando, eran las 19:50 de un martes. Aunque los días cada vez eran más largos, en ese momento la gente normal ya estaba a punto de dejarse caer sobre el sofá, pasito a pasito cuesta abajo hacia el infierno de la televisión, con la batería agotada y una astenia primaveral galopante con la que se enfrentaban a las desventuras del día (que al final eran tres chorradas y un jefe hipócrita) a punto de cenar cualquier cosa que no fuera demasiado peligrosa para así mantener el colesterol a raya. Ahora sí, era el momento en el que las personas normales empezaban a disfrutar del par de horas de libertad condicional y las iban a dedicar a presenciar, sin analizar, los despojos de miseria humana que ofrecían Telecinco y los sucedáneos de sus competidores y es que cuando llevas una vida miserable lo que más te apetece ver en la tele es algo a la altura. Se acostarían tarde y al día siguiente se levantarían muertos, cagándose en la puta por lo poco y mal que habían dormido y es que no se puede dormir ocho horas en cuatro. Pues eso, ese martes de marzo llegué al bar donde habíamos quedado a las ocho, diez minutos antes que él, por supuesto, la cortesía demuestra elegancia aunque tengas intención de atacar. Yo había elegido ese bar de Antón Martín cerca del cine que trata de sobrevivir devorado por las chinches y abandonado por el público que ha sucumbido al Netflix y el desinterés, el Doré. La Filmoteca Española había tomado el testigo de la gloriosa Norma Desmond que se veía ahora sustituida por la telebasura hipster con la que distraerse, pero su director no hacía nada por remediarlo:  le daba igual: llevaba veinte años en el cargo y su secretaria colgaba a mediados de mes la programación mensual. Nadie protestaba. Arturo y yo habíamos quedado en ese bar de Tres Peces que hace esquina con Torrecilla del Leal que siempre me ha gustado mucho aunque tuviera ese nombre tan cutre, «El Aperitivo del corazón». En las paredes ya tenían las portadas del Charlie Hebdo antes de que se pusieran de moda por el primer #JeSuis y carteles anunciando que This is not the Plaza Mayor but we have relaxing café con leche como haciéndole un chiste a Ana Botella que no hace falta aclarar. Me pedí una caña de Mahou y me pusieron de tapa medio sándwich relleno de ensalada de cangrejo que devoré de un bocado a pesar de su aspecto de nido de salmonella. Tenía hambre, la taberna estaba vacía y oscura, la música sonaba bajito, como a mí me gusta, nada que ver con el bar Gaudí de Alonso Martínez, me senté en una de seis las mesas que estaban libres, encontré un ejemplar de la revista para socios del Rayo Vallecano que me puse a leer arrugando la nariz, que es lo que hacen las perritas agresivas para alertar de que morderán si es necesario, apretando los labios a la vez: fingía estar concentrada en la actualidad del Rayo como hace la gente normal pero en realidad estaba atenta a lo que pasara en la puerta del bar así que entonces detecté que Arturo estaba a punto de entrar, apurando un cigarro en la puerta. Me dio tiempo a transformar la mueca de odio en una agradable sonrisa mientras doblaba la revista, clausurándola, se acabó el fútbol, adiós Rayo Vallecano, cambié el chip para pensar en literatura, quería olvidar que en la última Asamblea de Podemos-Cultura se había dicho que el fútbol era cultura, Arturo pronunció a lo lejos la primera palabra cordial por excelencia, marcando las sílabas con los labios, «Ho-la» y después sonrió sin enseñar los dientes, se le marcaron los mofletes que escondía bajo esa barba recortada al uno. Esperó pacientemente a que el camarero terminara de fumar en la puerta del bar de Torrecilla del Leal que hace esquina con la calle Tres Peces, menudas cuestas tiene Antón Martín, por cierto, el dueño dejó que el cigarro de liar se apagara solo y entró directamente para tirarle una cerveza, aproveché que Arturo estaba distraído mirando el grifo de Mahou para devolver la revistilla del Rayo Vallecano al revistero improvisado sobre una silla (si íbamos a hablar de literatura, lo haríamos con elocuencia como en una Asamblea de Podemos) y luego se acercó a mi mesa, llevando la cerveza en la mano derecha, con seguridad y experiencia, sujetaba un libro con el brazo izquierdo en cabestrillo, no se veía qué libro era, eso que no lo llevaba forrado con papel de periódico como hace la gente normal cuando va en metro, se sentó, lo puso encima de la mesa y ya comprobé que se trataba de “Gatsby el Magnífico”, Arturo, que era perfecto hasta en la traducción de los libros que leía, completó la fórmula del saludo cordial con un «¿Qué tal?» que respondí con lo de «Muy bien, ¿Y tú?» que se obliga aunque no se sienta uno muy allá y ya en la tercera frase que me dedicó se olvidó del protocolario «Muy bien, gracias» y me confirmó en frío que no lo conseguiría, que mi novela no se publicaría jamás, cero intriga, la verdad. «Nunca llegarás a nada II», pensé. Me bebí de un trago lo que me quedaba de caña mientras él daba un tímido sorbo a la suya, estrenándola, y tras los dolorosos segundos iniciales, estuvo hora y media explicándome cómo debía estructurar mi novela, me enseñó las partes que le habían gustado, me señaló las partes que ya tal, «El argumento no se sostiene», aseguró Arturo mientras yo le hacía el corte de manga con la mano izquierda por debajo de la mesa. Me hizo críticas que interpreté como constructivas y algunos comentarios que me sentaron como una patada en el estómago y empecé a arañarme las rodillas y los muslos con fuerza, usando las dos manos, mis uñas pintadas de rojo se habían convertido en las garras de una perrita enfadada pero intenté neutralizar el dolor consumiendo alcohol, como hace la gente normal; me pedí otra caña para que no se notara que estaba incómoda, llena de rabia y a punto de estallar de ira y que quería largarme de allí cuanto antes. Arturo había tachado la última página del borrador de mi novela, de la que más satisfecha me sentía por cierto, e incluso se atrevió a hundir un poco más su puñal añadiendo que «Te veo descentrada» pero reaccioné no sé cómo, pues además de la ira ahora tenía que aplacar las lágrimas, asegurando que andaba haciendo mil cosas a la vez, mil o diez mil, no lo sé, Madrid consume siete vidas aunque sólo tengas derecho a morir una vez, me sujetaba las rodillas con las manos, no consideraba apropiado concentrar mis energías en escribir una novela porque lo que tenía que hacer era centrarme en el trabajo de oficina que me pagaba las facturas y financiaba los vicios escasos (las cervezas, el Spotify, el cine y la cocaína) en mantener la forma de hogar unifamiliar que le había dado a mi piso destartalado de Chamberí, divertirme con mis amigos, entretener a mis enemigos, sobrevivir más o menos a gusto y, luego, ya escribir la puta novela, «… en ese orden», añadí. Además, los dos libros que yo tenía que escribir ya los había escrito Francisco Umbral: eran Travesía de Madrid y La noche que llegué al Café Gijón. No es que a mí se me estuvieran ocurriendo cosas parecidas, es que esos eran mis libros y él los cogió antes. Esto ya no se lo expliqué, pero creo que en el fondo sí que estaba centrada porque mi principal objetivo en la vida seguía siendo escribir un libro que terminara con la palabra «torreznos», así en plural, aunque el muy cabrón de Arturo hubiera destrozado la mayor ilusión de mi existencia tachando la última página de mi borrador, en el fondo no pasa nada, sobreviviré, como siempre, aunque me limitaré a cerrarla a lo Denis Cooper, afirmando al final I told myself I was glad to be drunk. Enlacé mis diez dedos por debajo de la mesa, formando un acordeón, me acaricié los nudillos. Sí, tal vez descentrada porque centro el objetivo en muchas cosas a la vez pero no creo que la dispersión sea algo negativo pues haciendo tantas cosas a la vez, si un par salen mal, apenas me doy cuenta de las bajas. El ejército es enorme, ni siquiera sé si eso que he formado con las manos se trata de un acordeón. Sorbito a sorbito, Arturo se iba bebiendo mi sangre y su cerveza, pedimos otras dos cañas señalándole los vasos vacíos al dueño del bar que, de nuevo, fumaba en la puerta pero mirándonos de reojo continuamente, como un buen camarero que está a lo que está y no a pagarse las clases de arte dramático o de diseño gráfico. Esta vez nos trajo de tapa unos trozos de tomate aliñados con cariño y buen gusto, que sí tenían buena pinta. «Tomate, qué asco» sentenció Arturo el vampiro que por lo visto estaba lanzando un ataque fulgurante con todo, y yo me comí todos los trozos en dos minutos para que dejara de sentirse incómodo, pues con que uno de los dos saliera del bar con los nervios destrozados era más que suficiente. Arturo se llamaba como Barea, como Bandini, como Belano: era editor, tenía cuarenta años, la barba recortada y una mujer embarazada, cuando terminó de lincharme, él solito, me contó que estaba muy contento porque acababa de empezar a escribir en el suplemento de no sé qué periódico «La primera vez que me pagan por una columna», añadió orgulloso, y además el año siguiente publicaría un libro de relatos que tenía escritos desde hacía cinco años, los habrá repasado bien, supongo. «Puedes escribir un cuento y, si te parece malo, tirarlo porque no pasa nada, sólo habrás perdido una semana de trabajo como mucho. Pero no puedes escribir una novela como hice yo este año y después tirarla, porque es como mandar a la mierda meses y meses de trabajo». Quise haberle dicho, pero no lo hice. Cabeza alta, pecho erguido, ilusión inalterada, ningún trastorno añadido, seguimos para bingo. Decidí que reescribiría la novela, con muchísima calma, claro. Como en mi casa no me concentraba, probablemente lo haría en el VIPS de Quevedo, templo de la inspiración, pero insertaría comillas francesas todo el rato para darle más glamour. Le dedicaría un año más, sin prisa pero sin pausa, sabía que necesitaría el doble del tiempo que había calculado, lloraría mucho, renunciaría a muchas cosas pero el libro quedaría tan bien, sería tan importante para la sociedad que todos los disgustos y sufrimientos habrían merecido la pena, como suponía que le había pasado a Ben Lerner a la hora de escribir el libro que estaba leyendo esos días del comienzo de la primavera, 10:04, la hora del rayo. Ese mismo martes, de hecho, iba leyéndolo tan dormida y resacosa en el tren de cercanías que cogía todas las mañanas en Nuevos Ministerios camino de la oficina que no sabía si el protagonista estaba en un hospital para operarse de las muelas del juicio o a punto de hacerse una paja con único objetivo de convertirse en el padre del hijo de su mejor amiga, quien le había pedido su semen para fecundarse a la vez que le decía «pero sería raro que nos acostáramos juntos». Editor, cuarenta años y una mujer embarazada, mencionó el título de un libro publicado en los 90 que, según él, tenía que reescribir si quería llegar a algo y me explicó la diferencia  entre las novelas con trama (o algo así) y las contenedoras. No sabía qué era lo contrario de contenedora pero no me interesaba lo más mínimo, quería que mi novela contuviera todas las emociones, que terminara con la palabra «Torrezno» pero en plural. Las novelas que siempre me han gustado son contenedoras, llenas de sentimientos, Mortal y rosa, Volverás a región, Oficio de tinieblas 5, libros llenos de adjetivos que apenas requieren de un párrafo para resumir su trama pero necesitan doscientas páginas para mostrar cómo cantan las cosas que realmente pasan. Bueno, Arturo dijo muy serio que a mi novela le faltaban frases baratas del tipo «Llegué al bar donde habíamos quedado» y que los personajes estaban perfilados a machetazos, sobre todo las flappers modernas que estaban acabando la E.S.O. en el momento álgido de la burbuja inmobiliaria, las que tenían infinita fe al principio y acabaron derrumbadas en la Jiménez Díaz pero que, en general, la parte del Sputnik le había parecido la hostia aunque en ningún momento hubiera explicado cómo era el bar: si era un sótano, si servían tercios de Estrella Galicia, si todavía hacían conciertos. En realidad, no había descrito nada en la novela, no había escrito nada, me había limitado a tomar notas y ahora tenía previsto desarrollarlas en el VIPS de Quevedo. Todos deberíamos tener un propósito en la vida, no sólo aspirar a terminar un libro con una determinada palabra (en plural) sino a saber disfrutar con los comienzos. También, saber quiénes somos realmente, qué hacemos y para quién lo hacemos. En la tercera pregunta ya patino y me desnuco contra el bordillo de la calle Tres Peces porque creo que debemos hacer las cosas para nosotros mismos; puede sonar egoísta y egocéntrico pero es que tiene que ser así, yo no puedo hacer cosas para alguien, sea quien sea, porque probablemente no me gustarán a mí después. Y si uno no cree en lo que hace, ¿quién lo hará? Cuando terminamos, Arturo me acompañó a la boca del metro que está al lado de la estatua de los abogados de Atocha y un tipo se acercó para avisarme de que iba arrastrando los auriculares «Muchas gracias» respondí con una sonrisa que conservé hasta después de darle los dos besos de rigor al despedirme; luego, ya me metí en el metro de Antón Martín, línea 1 como en la canción de los Planetas, Sol, Gran Vía, Tribunal y al llegar a Ríos Rosas me bajé, enfilé hacia mi casa de Ponzano y caminé cien metros detrás de una chica que llevaba una sudadera negra con un I’M NOT SORRY impreso en mayúsculas blancas a la espalda; en la esquina de Santa Engracia con Bretón de los Herreros los camareros recogían las mesas y sillas de las terrazas de la primavera recién estrenada, giré a la derecha y llegué a mi casa. Todo va a salir bien, al final todo sale siempre bien, si mi novela sin descripciones fuera publicada por un tipo de cuarenta años que acaba de estrenarse como columnista y que tiene una mujer embarazada, creo que después ya no tendría ganas de escribir nada, eso que yo pienso que hay que estar siempre escribiendo, todo el rato. Empecé a escribir esta novela el verano pasado, mientras la abuela leonesa de Rafa alcanzaba su propósito en la vida, hace falta cierto aislamiento para escribir y en Madrid es difícil de lograr, pues ésta es una ciudad que te hace perder mucho el tiempo, como la de Jep Gambardella, quien ya decía en algún momento de La Grande Bellezza que la noche «Te desconcentra. Escribir requiere mucha concentración y tranquilidad» y el ritmo de vida madrileño no tiene horarios, si alguien te invita a quedar a la hora del café nunca sabes cuándo es, la ciudad retrasa permanentemente el acto de sentarse a escribir o de hacer lo que más te importe en la vida. Tres días después de ver a Arturo en el bar ese que hace esquina cerca de la Filmoteca, me tomé la molestia de pasarle el Pronto® al escritorio de mi habitación, toda una declaración de intenciones previas al fin de semana, que es el momento por excelencia de la concupiscencia madrileña, encima, el comienzo de la primavera, el VIPS de Quevedo estaría lleno y no podría ir a sentarme en una mesa familiar, colas de hasta 15 personas en el cajero del Santander de Fuencarral 79, imposible entrar en el bar Rocablanca en el portal de al lado, incluso abajo del todo —ya cruzada Gran Vía por ese paso de cebra tan ancho y necesario para el paso del rebaño— sigue la tierra superpoblada: el McDonald’s a reventar y los restaurantes de lujo ya con las reservas cubiertas, por suerte llegaría el lunes, soplaría el viento y volvería la lluvia pero se iría rápido y por favor que llegase ya el calor del verano, el mismo infierno de diciembre y enero pero justo al revés, que llegase con el látigo de siete colas para imponerme la disciplina que necesitaba para escribir, de una vez. A los veinte todos nos creemos artistas, a los veinticinco creamos cosas bonitas pero a los treinta ya surgen las dudas sobre si realmente estamos perdiendo el tiempo y es que las inquietudes vitales son difíciles de soportar a los cuarenta: la frustración se sustituye por el agotamiento, ahí es cuando deben llegar los hijos, como muy tarde, las necesidades tangibles, lo mejor que te puede pasar es que te unas al movimiento antirrevolucionario de la gente normal, vaya, lo que le está pasando a Arturo con su mujer embarazada. Bueno, al final abandoné Fuencarral, enfilé por la calle Montera para llegar a la Puerta del Sol donde un sinfín de personas de diversa procedencia y apariencia daban vueltas alrededor de una plazoleta custodiada por pinchos y se sacaban selfies y le hacían fotos de lejos, sin pagar, a unos señores disfrazados de los Minions que vivían de hacerse fotos con la gente. El kilómetro cero que marca el origen de todas las carreteras de España, el epicentro de la desgracia, está escondido y los turistas no lo encuentran jamás. Busqué un banco en el que sentarme para esperar a Enrique y Rafa, que venían el primero desde Malasaña y el otro desde Antón Martín, pero no encontré ninguno. Ni bares ni bancos, Madrid en viernes es imposible. Al final me lo pasé bien, no recuerdo muy bien qué hice, además de beber. Llegó el domingo por la noche y mi silla seguía llena de ropa sucia acumulada (el vestido de cuadros granates y azules, el blanco con lunares negros, el jersey marrón con las coderas negras) porque no me había sentado a escribir ni una línea decente pero estoy segura de que esto no es un final, se trata de un nuevo principio. O eso espero. Y ya que estoy volviendo a empezar, que tengo la intención de corregir los errores descriptivos, no estaría de más empezar a remediar las mentiras que fui soltando por ahí, por ejemplo, volver a quedar con Rafa en el bar de Alonso Martínez en el que servían con elegancia los camareros del chaleco verde, pajarita en el cuello y camisa sucísima y confesarle que los geranios de mi balcón de Chamberí llevan muertos desde que el calor se los llevó por delante el agosto pasado y que no revivieron jamás por culpa de las heladas del invierno. Sin embargo, parece que me sigo creyendo mis mentiras pues los sigo regando a las siete de la mañana con la misma ilusión que el primer día, cuando los compré por 4€ cada uno en la floristería de la calle Ponzano, esquina José Abascal, debajo del balcón de mi casa destartalada. Mis geranios son dulces, adoradores y perfectos, prestan atención a todo lo que les explico, todo les parece bien y eso me da fuerzas para seguir adelante. Tienen las hojas grandes y fragantes, de borde ondulado, las flores son de color rojo. Son los geranios más hermosos y fieles que he tenido nunca y en los diez meses que disfrutamos de noviazgo me hacen sentir muy amada, sin interferencias. Mis geranios son perfectos. Sin embargo, nuestra relación dista de serlo y supongo que al final acabaremos rompiendo, yo reconociendo el asesinato a sangre fría, pues me daría muchos celos que alguien me aconsejara sobre cómo cuidarlos y que los hijos de puta de mis geranios revivieran. Mejor dejarlo así: tal vez mentí a Rafa en ese bar de forma piadosa, dándole un truco para cuidar del espíritu de su abuela Gertrudis estando lejos de su tumba astorgana, seguramente alguien que visite el cementerio sepa cómo cuidarlos. Mis geranios siguen vivos cuando busco mi casa en el Street View de Google, si ya nadie distingue entre la vida real e internet, para qué voy a hacerlo yo, si así estoy feliz en Madrid, Mi Madrid, el fantasma de una ciudad inventada.